Del secano al desalado
Sin agua para sembrar
Tres historias, tres realidades distintas de agricultores jóvenes lanzaroteños que se enfrentan a una crisis estructural agravada por la falta de agua de riego. Los cortes prolongados impiden cultivar con regularidad, provocando la pérdida de cosechas y el abandono progresivo del campo. El problema hídrico se suma a las ya difíciles condiciones de una isla árida, donde la actividad agraria siempre ha estado condicionada por la escasez.
Secano y resiliencia
Durante siglos, los agricultores de Lanzarote han desarrollado una agricultura de secano extrema, basada en técnicas ancestrales de captación y conservación del agua, como el enarenado o las gavias. Sin embargo, los cambios climáticos, la presión turística y la falta de relevo generacional han puesto en jaque esta tradición, mostrando sus límites en el contexto actual.
Desalación y futuro
El proyecto de modernización agrícola apuesta por la desalación de agua marina mediante energías renovables para garantizar un suministro constante y sostenible. Con la construcción de una nueva planta, un sistema de telecontrol y el uso de energías limpias como el viento, Lanzarote pretende asegurar el agua a 300 hectáreas, reducir emisiones y abaratar costes.
Campo en transición
La baja rentabilidad del sector obliga a muchos agricultores a diversificarse y buscar otras fuentes de ingreso, combinando la agricultura con trabajos en el sector servicios, el turismo, la pesca. Esta realidad, que debilita el tejido agrícola, pone en peligro la soberanía alimentaria y el mantenimiento del paisaje tradicional, exigiendo políticas públicas decididas para apoyar al campo insular.
Yeray y su finca vacía
Yeray Cuadrado tiene 41 años y si hay algo que le caracteriza es su arraigo profundo a la tierra y al mar. Es agricultor y pescador. Se gana la vida principalmente entre cubiertas de barco, pescando, e intenta compaginar esta actividad con la agricultura. Durante años ha intentado que en su finca brote algo con fundamento, pero la falta de agua lo ha vencido más de una vez.
“El agua que hay es regenerada, y si al menos pudiéramos usar esa, bien, pero tampoco hay porque se pega mucho tiempo sin venir y no te puedes arriesgar a plantar nada porque puedes perder la cosecha, que es como me ha pasado ya varias veces”, cuenta apesadumbrado. Ha cargado cubas desde su casa, ha pedido favores, ha pagado agua doméstica —más cara que la agrícola— con tal de no perderlo todo. Con suerte, ha salvado el dinero invertido, pero nunca ha recogido el fruto que sus tierras podrían dar.
Y eso que su tierra es buena. De esas que invitan a plantar papa, tomate, incluso sandía. “Nunca he cogido el fruto que debería de coger, porque la planta madura antes de tiempo o siempre hay retrasos en el fruto. Al final el agua es la vida del campo”, resume. Ahora, su finca está prácticamente vacía.
Alto coste
La compra de cubas de agua encarece los productos, pero es la única opción para regar. Este coste ahoga la rentabilidad del campo, donde producir cuesta más que lo que se gana vendiendo las cosechas.
Carlos, heredero de los “escultores” del paisaje
Carlos Benasco, de 49 años, lleva la agricultura en la sangre. De niño, salía del colegio directo al campo a ayudar a su padre, un agricultor de los de antes, que vivía exclusivamente del trabajo de la tierra. Aunque hoy su dedicación principal es la carpintería artesanal, sigue cultivando papas, sandías, mangas y aguacates, pero lo hace por vocación, como un hobby que le conecta con sus raíces.
Aunque reconoce que hay agricultores en zonas altas que llevan años sin agua, él se apaña regando con el agua de su contador doméstico, lo que le resulta costoso, pero la pasión que siente por el campo es muy fuerte. Recuerda que de pequeño construyó desde cero varias fincas, utilizando el antiguo sistema de agricultura conocido como “enarenado”, adaptándose a las dificultades del medio.
“Los enarenados están así porque se ripian, se les quita el ripio. No venían con este picón o esta arena que ves ahora. Antes se le quitaba el ripio y se colocaba en las paredes —como se hacía tradicionalmente— y luego se añadía tierra, estiércol y arena. Esa arena se traía de La Geria o de Guatiza. Gracias a eso, el terreno conserva bastante humedad y se mantiene el cultivo. La capa de arena tiene entre 20 y 25 centímetros”, explica Carlos, heredero de una forma de trabajar la tierra que ya casi no se ve, la de los verdaderos “escultores” del paisaje lanzaroteño.
Isaac y el sueño de rentabilizar la agricultura
Isaac Toribio tiene 38 años y decidió apostar por el campo en plena pandemia. Dejó su trabajo fijo en una tienda de deportes y convirtió su afición en una profesión. Desde hace dos años está dado de alta como autónomo agrícola, aunque reconoce que el camino no está siendo fácil. “Estamos saliendo adelante a duras penas, pero vamos saliendo”, confiesa. Cultiva con riego por goteo y gestiona su finca con eficiencia, llena su mareta desde el contador general y calcula cuánta agua necesita cada cultivo, según el cultivo y el momento. Pese a que él no sufre escasez, es plenamente consciente de los obstáculos que enfrentan muchos compañeros.
Mientras estudia un grado medio de agricultura por las mañanas, trata de mantener su finca a flote por las tardes. “Ahora mismo no es rentable, pero tengo fe y la frente dura para seguir adelante”, confiesa.
Isaac, Yeray y Carlos tienen claro que sin la tenacidad de los agricultores, simplemente no habría productos locales con los beneficios que conlleva. Saben que producir alimentos es también proteger un patrimonio gastronómico y cultural ligado a la tierra y al saber hacer tradicional. Sin embargo, se debe garantizar algo tan básico como el agua. Y ahí entra en juego una solución técnica, ambiciosa y urgente.
El alcalde de Tinajo, Jesús Machín Duque, expresa con convicción que la instalación de la planta desaladora de La Santa será “un antes y un después para Lanzarote”. Su diseño contempla un funcionamiento casi autosuficiente gracias a un aerogenerador propio y al impulso por gravedad que reducirá al mínimo la necesidad de bombeo, explica.
El alcalde subraya que este es el segundo proyecto más importante de Canarias por la inversión que conlleva, y sobre todo, por su valor estratégico para el sector primario. “Nos llenamos la boca diciendo que el sector primario es importante, pero hay que facilitarle la vida a la gente”, afirma.
Para Yeray, la noticia del proyecto de la nueva planta desaladora es un rayo de esperanza después de años de lucha. “Me la tomo super contento”, dice. “Llevo más de dos años peleando por tener agua, y al final te ilusionas con lo poco que te den”, indica.
Isaac, por su parte, cree que persiste un estigma social heredado de generaciones anteriores, según el cual la agricultura no era una opción viable para ganarse la vida. Sin embargo, considera que esta percepción debe cambiar y que la juventud debe mirar al potencial en el campo.
Tinajo
La respuesta a un problema de años
Desalar agua solamente para uso agrícola. Este es el reto que Lanzarote se ha planteado para dar respuesta a los agricultores. “Así nace el proyecto de la desaladora de La Santa, que tiene una orientación claramente sostenible al utilizar la energía del viento para suministrar la energía de la desalación para hacer el proceso de ósmosis. Y también el de bombeo a la zona de las cotas más altas”, detalla Francisco Fabelo Marrero, coordinador en el área de paisaje y soberanía alimentaria del Cabildo de Lanzarote.
“Luego almacenamos ese agua, no la tratamos, no se clora ni se le aplican conservantes y ese agua se canaliza con una red independiente para los terrenos agrícolas”, agrega.
El proyecto de modernización y mejora del regadío de la zona nordeste de Lanzarote busca garantizar agua suficiente para regar 300 hectáreas de cultivos en su mayoría hortícolas. Con una inversión de más de 24 millones de euros, financiados por los fondos europeos Next Generation, el proyecto modernizará el campo para incentivar a los jóvenes que quieran vivir de la tierra.